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CRISTIAN BRAVO GALLARDO 

Comunicador estratégico, académico, director de Sentipensante  

El fútbol nunca ha sido solo un deporte. Y el Mundial 2026 lo confirma con más contundencia que ninguna edición anterior.

Mientras el balón ruede por Norteamérica, el torneo operará como escenario geopolítico de primer orden, laboratorio de narrativas mediáticas y espejo de las contradicciones de nuestro tiempo. Lejos de la “fiesta de la paz” que presenta Gianni Infantino, lo que arranca este 11 de junio es también una guerra de relatos.

Los tres países anfitriones —Estados Unidos, México y Canadá— coexisten en plena tensión diplomática. La renegociación del T-MEC coincide con la fase decisiva del torneo; las banderas ya ondean en los estadios mientras los cruces políticos no se detienen. Y debajo de la celebración persisten vetos migratorios, amenazas de deportaciones masivas y fricciones con selecciones participantes como Irán, cuya presencia interroga el espíritu supuestamente apolítico del evento. Las 48 selecciones participantes equivalen a una cuarta parte de los miembros de la ONU y representan alrededor del 60% del PIB mundial. El fútbol no es una pausa de la política global: es su continuación por otros medios.

La FIFA lo sabe y lo aprovecha. La organización tiene más miembros que las propias Naciones Unidas —211 contra 193— y en el peor momento de la ONU en sus 80 años de historia, con conflictos bélicos que cuestionan el multilateralismo, Infantino se presenta como prueba de que la unidad global aún es posible. El negocio acompaña la retórica: ingresos proyectados superiores a los 10.900 millones de dólares, patrocinios con Aramco y una estrategia de expansión hacia el mercado estadounidense. La paz, cuando es rentable, se vende bien.

Pero esto no es nuevo, los mundiales han sido arenas de propaganda desde Mussolini. Lo que cambia en 2026 es la escala y la visibilidad. Con Trump en la Casa Blanca, el torneo adquiere un tono “imperial” que instrumentaliza el patriotismo y proyecta poder desde los estadios. El deporte como herramienta de soft power no es metáfora: es política exterior.

Desde la comunicación estratégica, este Mundial plantea preguntas urgentes para países como Ecuador. La Tri comparte grupo con Alemania —una de las marcas-país más consolidadas del mundo—. ¿Cómo construimos una narrativa nacional que vaya más allá del himno y la camiseta? ¿Qué relato queremos que el mundo recuerde cuando nos vea jugar? La identidad no se improvisa en el pitazo inicial: se construye antes, con propósito y coherencia.

Por lo tanto, comunicar bien exige sentir la pasión colectiva que desata el fútbol y pensar críticamente las implicaciones de fondo. En un mundo en guerra —Oriente Medio, Ucrania, conflictos latentes— la “fiesta” puede ser respiro o anestesia. La diferencia la hace el análisis.

Más allá de quién levante la copa el 19 de julio, ganará quien logre que su relato trascienda el pitazo final. Porque en el fútbol, como en la comunicación, el partido se gana mucho antes de salir a la cancha.

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