
Mónica González-Urbán
Académica, comunicadora y marketera
Vivimos tiempos en los que la velocidad ha dejado de ser una ventaja competitiva para convertirse en una condición obligatoria. En el ámbito de la comunicación, especialmente en los entornos empresarial y político, esta exigencia de inmediatez ha transformado no solo los medios y formatos, sino también la forma en que se construyen las relaciones, se toman decisiones o se sostiene la credibilidad. A partir de la lectura del libro “El impacto de la inmediatez en la comunicación empresarial y política” de Mario Campos, surgen reflexiones profundas sobre cómo este fenómeno reconfigura los fundamentos mismos de la comunicación.
La primera idea que interpela es la erosión del tiempo como recurso. Antes, los comunicadores contaban con márgenes para analizar, construir mensajes y prever consecuencias. Hoy, ese tiempo se ha comprimido. Se espera que las respuestas sean inmediatas, que las crisis se atiendan al instante y que los errores se reconozcan —o se nieguen— con la misma rapidez con la que se viralizan. En este nuevo escenario, no responder es casi peor que responder de manera equivocada. Y sin embargo, esta urgencia muchas veces anula la posibilidad de reflexionar, de medir impactos o de contrastar fuentes.
Lo que plantea Campos no es una crítica a la tecnología o a las redes sociales, sino un llamado a repensar cómo nos posicionamos frente a ellas. El problema no es que existan canales para comunicar en tiempo real, sino que hemos dejado que la inmediatez imponga su lógica sin cuestionarla. La necesidad de estar presentes todo el tiempo, de opinar al instante, de no “quedarse fuera de la conversación”, ha generado una cultura donde la forma vale más que el fondo y donde muchas veces el primer mensaje se impone sobre el mensaje verdadero.
En lo empresarial, esta dinámica se traduce en marcas que buscan ser parte de cada tendencia, de cada hashtag, de cada conversación viral, aun cuando no haya una conexión real con sus valores o su propósito. En lo político, se traduce en discursos reactivos, en líderes que improvisan respuestas más pensadas en ganar likes que en construir consensos. En ambos casos, la inmediatez ha convertido la comunicación en un ejercicio de supervivencia constante, donde lo importante no es construir verdad, sino mantener relevancia.
Sin embargo, la reflexión también invita a no ver este escenario con fatalismo. Como bien señala Campos, la inmediatez no es buena ni mala en sí misma: es una característica de la época que nos toca vivir. El reto está en aprender a convivir con ella sin perder la capacidad de pensar, de escuchar y de construir mensajes con sentido. Es posible comunicar con velocidad y con profundidad; solo se requiere decisión, estrategia y, sobre todo, una ética clara que nos recuerde que comunicar es también un acto de responsabilidad.
Esta reflexión no busca ofrecer respuestas cerradas, sino plantear algunas preguntas: ¿cómo podemos recuperar la reflexión en medio del vértigo digital? ¿Qué herramientas necesitan los comunicadores para no quedar atrapados en la lógica del minuto a minuto? ¿De qué manera podemos reconciliar la velocidad con la calidad del mensaje?
La era de la inmediatez ha llegado para quedarse. Pero aún estamos a tiempo de decidir cómo queremos habitarla. Si bien no podemos controlar el ritmo de los algoritmos ni la ansiedad colectiva por lo instantáneo, sí podemos elegir cómo, cuándo y por qué comunicar. Y en esa elección, quizás encontremos un espacio para volver a poner el contenido por encima del impulso, la verdad por encima del efecto, y el sentido por encima del ruido.
Referencia: Campos, M. (2023). El impacto de la inmediatez en la comunicación empresarial y política. Editorial Comunicación Estratégica.