
VÍCTOR CARVAJAL CELI
Comunicador Organizacional
El fútbol ha originado, a lo largo de su historia, rivalidades muy fuertes entre equipos o naciones; y, cuando se trata de los campeonatos mundiales, este fenómeno ha escalado a niveles continentales, con ese gran clásico Europa vs Sudamérica, por ejemplo.
Este nacionalismo futbolero no ha quedado encasillado solo a lo deportivo, se lo ha mezclado con aspectos políticos, culturales, sociales y hasta militares. Tanto ha sido el grado de patriotismo que despierta la selección de balompié de una nación, especialmente las potencias sudamericanas y europeas, que para integrarla se debía cumplir un requisito innegociable: que los jugadores hayan nacido en el país cuyos colores defenderán a muerte. Era inaceptable que un extranjero nacionalizado intervenga como jugador o director técnico. Antes, las metas principales de un futbolista eran ser escogido por su combinado nacional y ser campeón en su torneo local. No estaba en sus prioridades jugar en otro país o por otro país.
Pero las cosas han cambiado. En el transcurso de las últimas décadas se ha ido disipando esta postura. El deporte más popular del mundo ha entrado de lleno a una globalización sin precedentes. Una de las causas ha sido la inmensa inmigración, sobre todo hacia Europa, con una consecuente confluencia de culturas que han transformado cosmovisiones que parecían imposibles de cambiar. Actualmente, el objetivo de la gran mayoría de jugadores profesionales de fútbol es ser contratados por algún club del Viejo Continente, o de Medio Oriente, o de China.
Cuando Argentina jugó el mundial de México 1986 la mayoría de su equipo jugaba en la liga local; mientras que para el torneo de Qatar 2022 prácticamente todos los seleccionados pertenecían a las ligas europeas.
Ya hay muchos hinchas sudamericanos que respaldan a selecciones europeas, fanáticos europeos que apuestan por sudamericanos; todo un país asiático, como Bangladesh, festejó el título de Argentina en Qatar 2022, como si fuera propio; Brasil nombró de manera inédita a un técnico europeo para su selección, rompiendo una tradición que parecía eterna.
Datos reveladores señalan que, para el actual mundial del 2026, solo una pequeña parte de los jugadores de las selecciones de Curazao, República Democrática del Congo, Túnez, Haití y Bosnia y Herzegovina nacieron en sus respectivos países, el resto tiene su origen natal en otras naciones como Inglaterra, Dinamarca, Francia, Suiza, Eslovenia, Croacia, Alemania, Suecia, etc. La selección de Francia, actual vice campeona del mundo, tiene en su mayoría jugadores de raíces africanas o con doble nacionalidad.

El cosmopolitismo en el fútbol está sembrado raíces profundas, pero será el tiempo el único que dé respuesta a si esta condición afectará a las identidades nacionales para mutar a una identidad global. En ese caso, las rivalidades entre equipos ya no se basarán en lo regional o en lo cultural. Tal vez, prevalezcan las razones políticas, económicas o religiosas.
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