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¿El fútbol sigue siendo solo fútbol?

La Copa Mundial de la FIFA 2026 llegó a su fin y, con ello, cientos de análisis sobre las “nuevas” zonas grises en las que se encuentran positiva o negativamente la política y el deporte.

Por: Andrés Gómez Carrión

Por un lado, puristas del fútbol cuestionan una excesiva intromisión por parte de varios actores políticos y empresariales en el espectáculo deportivo más importante del mundo. Por el otro, analistas de enfoque más vanguardista defienden estas nuevas dinámicas como parte del fenómeno globalizador. Si bien estas dos posturas se miran -inicialmente- desde aceras contrarias, ambas reconocen la existencia de vínculos entre la política y el fútbol.

Ser el evento deportivo más visto en el planeta y tener la exclusiva capacidad de conectar emocionalmente y de manera simultánea con millones de personas de todos los continentes, son dos de las características que hacen especialmente atractiva a la Copa Mundial de la FIFA, no solo para la política internacional, sino también para el sector empresarial.

Sin embargo, es importante reconocer que estos vínculos no son inéditos, han existido desde décadas atrás y, quizás, con la misma o mayor solidez.

Italia 1934, durante el régimen fascista de Mussolini; Argentina 1978, al compás de la dictadura de Videla; México 1986, y el icónico partido entre Argentina e Inglaterra a menos de un lustro de la Guerra de las Malvinas; Rusia 2018, a cuatro años de la tensión en Crimea; Catar 2022, y la polémica sobre los derechos laborales y humanos, son algunos de los principales ejemplos del denominado “sportswashing”, es decir, la utilización del deporte para limpiar o mejorar la reputación internacional de un país.

Y entonces, ¿por qué hasta ahora nos damos cuenta?

Los vínculos entre la política y el deporte -fútbol- no han cambiado, lo que sí ha variado sustancialmente es la comunicación, sus dinámicas, actores, escenarios, inmediatez y capacidad de participación del espectador dentro del debate público nacional e internacional.

En otras palabras, no es que hasta ahora nos hayamos dado cuenta, es que ahora, gracias a la transformación de la comunicación, esto es objeto de debate público.

El espectador ya no es solo espectador. Mientras que antes las opiniones de un aficionado tenían eco en familiares o amigos que se encontraban dentro del mismo espacio físico, hoy esos pensamientos están a un clic de distancia de los ojos y las potenciales respuestas de miles de personas alrededor del mundo.

El debate, las opiniones y el análisis ya no se circunscriben a un set de televisión o a una cabina de radio. La verdad diversificó sus dueños.

¿Es coincidencia que la mayoría de los canales de televisión y radio hayan contratado a ídolos del deporte como analistas durante el Mundial 2026? No, el uso de símbolos es parte de una estrategia por reconectar con la audiencia, una respuesta a estas nuevas dinámicas de la comunicación que los ha sacado de su zona de confort.

La política y el fútbol siempre han tenido vínculos directos de beneficio mutuo. Sin embargo, si debemos hacer un balance, la primera ha buscado apalancarse más del segundo para diversos propósitos, entre ellos, los reputacionales. Hoy, gracias a las nuevas dinámicas de la comunicación, esa realidad es mucho más identificable y -sobre todo- cuestionable.

No es un secreto que a través del fútbol se buscan legitimar acciones que en otro contexto son blanco de críticas. Por ejemplo, hacer mediáticos los chequeos migratorios a las selecciones nacionales a su arribo a un determinado país no es resultado del azar, es comunicación política planificada.

En síntesis, las nuevas dinámicas de la comunicación ponen de manifiesto vínculos que antes eran menos susceptibles de cuestionamiento. Este nuevo escenario crea desafíos y oportunidades para todos los actores involucrados, desde los máximos líderes de la política internacional hasta los aficionados comunes.

Sin embargo, no se trata solo de entender las dinámicas de la comunicación, sino de generar nuevas habilidades individuales y colectivas de adaptación a su transformación, proceso que será progresivamente más vertiginoso. Elementos transversales como las nuevas configuraciones del escenario global, el desarrollo tecnológico acelerado y la “posverdad”, ocuparán lugares estratégicos en el horizonte.

Y entonces, ¿el fútbol sigue siendo solo fútbol? No, de hecho, nunca lo fue y difícilmente lo será, ¿afortunadamente?

Leer estos cruces entre poder y comunicación es, precisamente, el oficio de Sentipensante. Cuando la reputación se juega en tiempo real, entender el terreno marca la diferencia.

Andrés Gómez Carrión es Diplomático de carrera del Servicio Exterior Ecuatoriano, Internacionalista y máster en Administración Pública. Actualmente presta sus servicios en la Embajada de Ecuador en Reino Unido. 

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